La conversación sobre finanzas sostenibles ha evolucionado rápidamente en los últimos años. Lo que antes era algo complementario dentro del sistema financiero es hoy un componente central para alinear los flujos de capital con los objetivos climáticos y de desarrollo. Sin embargo, en Iberoamérica persiste una brecha crítica: la distancia entre la ambición —reflejada en las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC)— y la inversión efectiva necesaria para cumplirla.
Desde la experiencia del Global Green Growth Institute, que trabaja con gobiernos nacionales, subnacionales, reguladores y actores del sector privado en múltiples países de la región, el desafío no es la falta de compromiso, sino la ausencia de condiciones habilitantes e inversiones sostenibles bancables que cumplan con estándares internacionales que permitan escalar el financiamiento climático a la velocidad y magnitud requeridas.
Un reciente análisis desarrollado junto a la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB) confirma esta realidad. Iberoamérica ha logrado avances importantes: emisiones soberanas de bonos verdes, el desarrollo de taxonomías sostenibles en países como Mexico y Colombia y hojas de ruta de finanzas verdes como en Peru. No obstante, estos progresos siguen siendo desiguales y, en muchos casos, fragmentados.
La región enfrenta cuatro obstáculos estructurales. Primero, la fragmentación regulatoria limita la interoperabilidad entre mercados y dificulta atraer capital internacional a gran escala. Segundo, la limitada profundidad de los mercados de capitales restringe el acceso a financiamiento de largo plazo. Tercero, persisten brechas técnicas en la estructuración y monitoreo de instrumentos financieros sostenibles. Y cuarto, el riesgo de greenwashing sigue latente ante sistemas de verificación aún en consolidación.
Iberoamérica tiene ante sí una oportunidad única. La transición hacia economías sostenibles no es solo una necesidad ambiental, sino una estrategia de desarrollo económico y posicionamiento geopolítico. Convertir esa oportunidad en realidad dependerá de la capacidad de la región para pasar de la fragmentación a la convergencia, y de la ambición a la inversión.
Pero sería un error enfocarse únicamente en los desafíos. Iberoamérica es una región que cuenta con ventajas estratégicas que pocas regiones pueden igualar como la abundancia de recursos renovables, una rica biodiversidad, mercados integrados y conectados con el mundo, identidad cultural compartida y un ecosistema sólido de bancos de desarrollo y bancos privados que están integrando criterios ASG en sus evaluaciones de inversión, permitiendo de esta manera un proceso más expedito en la transición a un modelo de financiamiento sostenible.
Desde nuestra perspectiva, tres palancas pueden acelerar este proceso.
La primera es la movilización de capital privado. El financiamiento público es, por definición, insuficiente. Cerrar la brecha de inversión climática requiere atraer inversionistas institucionales globales, y esto solo será posible si se fortalecen los marcos regulatorios y se reducen los riesgos percibidos. Instrumentos de mitigación de riesgos, como garantías parciales o estructuras de blended finance, serán esenciales para catalizar estos flujos.
La segunda palanca es la innovación financiera. La región ya ha demostrado su capacidad para adoptar instrumentos como bonos verdes, sociales y sostenibles. Sin embargo, el siguiente paso implica escalar soluciones más sofisticadas, como bonos o prestamos vinculados a sostenibilidad (SLBs), canjes de deuda por naturaleza o desarrollo y plataformas de inversión climática. Estos instrumentos no solo diversifican fuentes de financiamiento, sino que también alinean incentivos entre gobiernos, inversionistas y resultados ambientales.
La tercera palanca es la integración regional. Un mercado fragmentado limita la escala. La convergencia progresiva de taxonomías sostenibles y estándares de reporte puede transformar múltiples mercados pequeños en una plataforma regional más atractiva, líquida y competitiva.
En este contexto, la experiencia de Corea del Sur ofrece una referencia útil. Corea no construyó su ecosistema de finanzas sostenibles de manera orgánica o espontánea; lo hizo a partir de una estrategia deliberada.
El desarrollo de su taxonomía verde —la K-Taxonomy— ha sido fundamental para alinear la política industrial con los objetivos climáticos. A esto se suma un marco claro para emisiones de bonos verdes, que establece estándares rigurosos de transparencia y verificación, reduciendo la incertidumbre para inversionistas.
Igualmente relevante ha sido el rol del Estado. Las instituciones financieras públicas han actuado como catalizadoras, movilizando capital hacia sectores estratégicos como energías renovables y movilidad limpia. En paralelo, Corea ha invertido de manera sostenida en la formación de capacidades técnicas, creando un ecosistema de profesionales especializados en finanzas sostenibles. Muestra de esto es la creciente movilización de capital privado en Corea del Sur mediante el mercado de bonos temáticos. Solo en 2025, Corea emitió bonos temáticos en los mercados internacionales por más de 38.970 millones de euros mediante 481 bonos por 69 emisores[1].
El resultado ha sido claro, con un mercado más profundo, confiable y alineado con criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ASG).
Ahora bien, trasladar estas lecciones a Iberoamérica no implica replicar modelos, sino adaptarlos. La región tiene realidades fiscales, institucionales y productivas distintas. Sin embargo, existen elementos que pueden implementarse de manera progresiva.
La armonización de taxonomías, por ejemplo, no requiere uniformidad absoluta, pero sí interoperabilidad. Los incentivos públicos, desde beneficios fiscales hasta mecanismos de primera pérdida, pueden ser diseñados de forma estratégica para maximizar su impacto con recursos limitados y la adopción gradual de estándares de divulgación ASG puede mejorar significativamente la transparencia del mercado.
En este proceso, la cooperación internacional juega un rol central. La articulación entre el Global Green Growth Institute y la Secretaría General Iberoamericana abre una oportunidad concreta para escalar soluciones a nivel regional tomando como ejemplo las lecciones aprendidas de países como Corea del Sur.
Desde GGGI, trabajamos directamente con gobiernos y sector privado para traducir compromisos climáticos en proyectos financiables. Esto implica no solo diseñar políticas, sino también estructurar carteras de inversión, desarrollar instrumentos financieros y conectar proyectos con fuentes de capital.
Mirando hacia adelante, una agenda birregional con Corea del Sur podría acelerar este proceso mediante transferencia de conocimiento, formación de capacidades y desarrollo de proyectos piloto. La creación de plataformas de coinversión y foros técnicos permanentes permitiría institucionalizar esta cooperación.
Iberoamérica tiene ante sí una oportunidad única. La transición hacia economías sostenibles no es solo una necesidad ambiental, sino una estrategia de desarrollo económico y posicionamiento geopolítico. Convertir esa oportunidad en realidad dependerá de la capacidad de la región para pasar de la fragmentación a la convergencia, y de la ambición a la inversión.
Desde GGGI, estamos convencidos de que ese camino no solo es posible, sino urgente y estamos listos para colaborar en este proceso.
Una agenda birregional con Corea del Sur podría acelerar el proceso de traducir compromisos climáticos en proyectos financiables en Iberoamérica, mediante transferencia de conocimiento, formación de capacidades y desarrollo de proyectos piloto. La creación de plataformas de coinversión y foros técnicos permanentes permitiría institucionalizar esta cooperación.
[1] Datos obtenidos del LGX Datahub de la Bolsa de Valores de Luxemburgo




