En 2012, trabajaba en The Guardian, en Londres. Era la única mujer en el equipo de interactivos. Habíamos ganado el premio al mejor proyecto de data journalism del mundo con la cobertura de WikiLeaks. Cuando llegó el momento de elegir quién lideraría el equipo digital, me dijeron que no. Querían un hombre. De más de cincuenta años. Nos fuimos todos.
No lo cuento como queja. Lo cuento porque fue esa decisión, tomada por alguien que no me veía como líder posible, la que me puso en el camino que cambió todo lo que hice después.
Recibí una beca del ICFJ y fui a América Latina. En 2013, en Santiago de Chile, una noche fría de lluvia, organizamos un encuentro para periodistas mujeres. Nadie creía que fuera a aparecer mucha gente. La sala se llenó. Era solo el principio.
Después, un tweet. Una estudiante colombiana de periodismo, veinte años, siguiendo lo que estábamos construyendo en Costa Rica. Quiero abrir Chicas Poderosas en Bogotá. Tenemos una comunidad enorme de mujeres periodistas cuyas voces no están siendo escuchadas. No pidió autorización. Pidió espacio.
Así abrió Bogotá. Luego Buenos Aires, Lima, Caracas, Ciudad de México, São Paulo, La Habana, Montevideo, La Paz, Guatemala, El Salvador, Quito. Más de quince países. En cada uno, lo mismo: mujeres con historias que contar, con capacidad periodística real, sin acceso a las estructuras que deciden qué es noticia y quién tiene voz.
Lo que aprendí en estos doce años no es abstracto. Es observado.
El periodismo iberoamericano tiene un problema estructural que no se resuelve con tecnología ni con plataformas. Se resuelve con una decisión: quien tiene el poder de crear espacio, ¿va a usarlo para dar espacio a otros, o va a usarlo para mantenerse en el centro?
Las redacciones de la región, en Portugal, en España, en toda América Latina, siguen siendo lideradas, en su mayoría, por quienes siempre las lideraron. No
porque no existan voces con capacidad y perspectiva para hacerlo. Sino porque las estructuras de acceso al poder son conservadoras por naturaleza. Se reproducen. Y quien no encaja en el molde existente tiene que construir el suyo propio.
Es exactamente eso lo que está ocurriendo. Y ahí es donde está la idea para el futuro.
Vivimos un momento de aceleración de las desigualdades. Quienes tienen poder tienen cada vez más. Quienes no lo tienen están cada vez más lejos de los centros de decisión, incluidos los centros de decisión sobre qué se cuenta y cómo se cuenta. Esta no es una crisis abstracta. Es una crisis de representación que afecta directamente a la calidad de la democracia.
El modelo de desinformación sistemática, de ataque a la prensa independiente, de erosión de los derechos de las minorías, no es un fenómeno americano. Se está replicando. Y el periodismo que puede resistirle no es el periodismo institucional que ya ha perdido la confianza de gran parte del público. Es el periodismo hecho por voces que la gente reconoce como propias.
Conozco periodistas portuguesas, españolas, latinoamericanas que han perdido la fe en el periodismo como industria. Se fueron. O se quedaron y se están yendo por dentro. El mundo pierde con eso. No ellas.
La idea que traigo a esta Cumbre es sencilla. No necesita ser complicada para ser difícil.
El futuro del periodismo digital iberoamericano depende de la capacidad de los líderes que llegaron a la cima de crear, deliberada y activamente, condiciones para que otras voces lleguen también. No por cuota. No por imagen. Porque un periodismo que no representa la diversidad real de las sociedades que dice cubrir no es periodismo. Es el eco de quienes ya tienen poder.
Esto exige algo concreto: que el espacio iberoamericano construya una arquitectura de colaboración periodística independiente que no dependa ni de las grandes plataformas tecnológicas ni de los monopolios mediáticos nacionales. Una red de fuentes de información independientes, con financiación regional, con gobernanza compartida, y con diversidad de voces en el liderazgo. No en la foto de grupo. En el liderazgo.
La joven de Bogotá no necesitó pedir permiso para construir. Necesitó que alguien le dijera: el espacio existe, entra.
Esa es la pregunta para la Cumbre de Madrid. ¿Quién tiene poder suficiente para abrir la puerta? ¿Y lo va a hacer?





