pensamiento iberoamericano

Revista de la Secretaría General Iberoamericana


Las lenguas indígenas: un recurso para el desarrollo con identidad de Iberoamérica

Luis Enrique López

Coordinador del Instituto Iberoamericano de Lenguas Indígenas

Históricamente, Iberoamérica no ha sopesado el valor real de sus lenguas indígenas. Antes que considerarlas un recurso estratégico para el desarrollo y la cohesión social, las ha visto como un obstáculo que era necesario superar. El eurocentrismo arraigado y la persistente racialización de las relaciones sociales han configurado un ethos monocultural y monolingüe que aún predomina en gran parte de la región y que limita el reconocimiento del plurilingüismo como una de las características distintivas y más valiosas de las sociedades contemporáneas.

Ya entrado el siglo XXI, Iberoamérica enfrenta el debilitamiento e incluso la posible desaparición de una parte significativa de su patrimonio cultural inmaterial. Se estima que cerca del 40 % de las más de 550 lenguas indígenas habladas en América Latina y el Caribe se encuentran seriamente amenazadas. La situación resulta preocupante incluso para idiomas con varios millones de hablantes. Tal es el caso del quechua, cuyas distintas variantes son utilizadas por más de ocho millones de personas en Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú, además de contar con una presencia menor en Venezuela y Brasil. A ello se suma su creciente expansión transnacional, visible tanto en Estados Unidos como en Europa, donde destaca la importante comunidad kichwa asentada en Barcelona.

La erosión lingüística y el progresivo silenciamiento de los idiomas indígenas responden a múltiples factores. Entre ellos destacan el racismo estructural y la discriminación histórica, la escasa valoración de la diversidad lingüística, la persistencia de ideologías monolingües y la limitada presencia de las lenguas indígenas en la esfera pública. Esta situación se ve agravada por el frecuente incumplimiento de las leyes nacionales y de los instrumentos internacionales de derechos humanos que reconocen el derecho de los pueblos indígenas a usar y desarrollar sus propios idiomas. Como consecuencia, la transmisión intergeneracional de muchas lenguas se interrumpe cada vez con mayor frecuencia, comprometiendo su continuidad futura.

Sin embargo, el problema trasciende la incomunicación verbal o la vulneración de los derechos lingüísticos y la dignidad de más de 50 millones de personas en la región. La emergencia lingüística posee también una dimensión cognitiva y civilizatoria. Cada lengua que desaparece se lleva consigo una manera particular de comprender el mundo, de nombrarlo y de relacionarse con él. El silenciamiento de los idiomas indígenas implica la pérdida de conocimientos acumulados durante siglos, e incluso milenios, por sociedades que desarrollaron formas sofisticadas de interacción con sus entornos naturales. Basta pensar en los sistemas de manejo ambiental, los conocimientos agrícolas o las prácticas de reciprocidad que aún conservan numerosas sociedades amazónicas, custodios de uno de los ecosistemas más frágiles e importantes para el equilibrio climático global.

Los conocimientos, saberes y tecnologías indígenas hoy amenazados constituyen una parte fundamental del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Su preservación exige acciones urgentes y sostenidas. A ello se suman formas de organización social, principios éticos y visiones del mundo que han logrado sobrevivir a siglos de colonialismo, exclusión y subordinación. La persistencia de estos pueblos representa también una resistencia activa frente a la colonialidad del poder, del saber, del ser, del hablar e incluso del sentir y del gustar.

Frente a la deuda histórica que los Estados iberoamericanos y los sectores socialmente hegemónicos mantienen con los pueblos indígenas, resulta imprescindible trascender los discursos políticamente correctos y avanzar hacia acciones concretas. La diversidad cultural no puede seguir siendo celebrada únicamente en declaraciones oficiales, mientras las condiciones que amenazan la supervivencia de las sociedades indígenas y de sus lenguas permanecen intactas. La homogeneización cultural y lingüística no constituye una solución para los desafíos de la región; por el contrario, amenaza con profundizar la fragmentación social y el debilitamiento de los vínculos colectivos.

Después de más de dos siglos de vida republicana, muchos países iberoamericanos continúan siendo sociedades escasamente cohesionadas, atravesadas por profundas desigualdades y por persistentes relaciones de exclusión. Las sospechas, prejuicios y desconfianzas que aún marcan las relaciones entre distintos sectores sociales son, en buena medida, consecuencia de la incapacidad histórica de reconocer y valorar la diversidad que caracteriza a nuestras sociedades.

Superar esta situación requiere transformar nuestras ideologías lingüísticas y culturales. Implica reconocer la diversidad no solo como patrimonio o atractivo turístico, sino como una fuente de innovación, creatividad y cohesión social. Se trata de articular distintos modos de pensar, sentir y actuar para construir sociedades más inclusivas y democráticas. En otras palabras, es necesario reinscribir las lenguas y culturas indígenas como recursos capaces de unirnos y de contribuir al desarrollo con identidad de nuestros países.

Afortunadamente, en toda Iberoamérica las juventudes indígenas están desempeñando un papel decisivo en este proceso. Con creatividad, determinación y una notable capacidad de agencia, están reposicionando sus lenguas y ampliando su presencia en la esfera pública. Los idiomas heredados de sus mayores se convierten hoy en vehículos para la música, la literatura, el teatro, el cine, el arte, la producción de conocimiento y la expresión política.

Cada vez son más visibles y audibles las mujeres y los hombres jóvenes que, a través del rap, el hip hop, la poesía, los audiovisuales y las redes sociales, reclaman un lugar digno dentro de la sociedad, denuncian el racismo, cuestionan la exclusión, exigen el reconocimiento de sus derechos y llaman la atención sobre la destrucción ambiental que afecta a sus territorios. Al apropiarse de las tecnologías digitales y de los nuevos espacios de comunicación, estas juventudes muestran que las lenguas indígenas no pertenecen únicamente al pasado. Por el contrario, las proyectan como herramientas de la contemporaneidad y del futuro.

La acción de las juventudes indígenas ofrece razones para la esperanza y, al mismo tiempo, importantes lecciones para la formulación de políticas públicas. Su experiencia demuestra que no basta con contar con legislación favorable o con políticas diseñadas desde instancias centrales. Resulta indispensable observar las dinámicas que surgen desde las propias comunidades y reconocer la capacidad transformadora de la agencia indígena. La revitalización lingüística requiere, por tanto, un cambio de enfoque: menos verticalidad institucional y mayor protagonismo de quienes viven y recrean cotidianamente sus lenguas y culturas. Todavía estamos a tiempo de evitar que más lenguas indígenas se silencien y, en algunos casos, incluso de revertir los procesos de desplazamiento lingüístico actualmente en curso. Para lograrlo se necesita una voluntad política firme, recursos adecuados y el compromiso de la sociedad en su conjunto. Iberoamérica debe proyectarse al mundo con una identidad propia, plural y diversa, sin pretender ser lo que no es. Y pocas expresiones reflejan mejor esa riqueza que las lenguas y culturas de sus primeras naciones. Más que una herencia del pasado, constituyen un recurso estratégico para construir un futuro más justo, sostenible y cohesionado.

Luis Enrique López: Sociolingüista y educador peruano especializado en educación intercultural bilingüe (EIB. Actualmente es Coordinador del Instituto Iberoamericano de Lenguas Indígenas (IIALI), desde el Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y el Caribe (FILAC).

* Las opiniones expresadas en los artículos y videos de la revista Pensamiento Iberoamericano son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de la Secretaría General Iberoamericana.

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