pensamiento iberoamericano

Revista de la Secretaría General Iberoamericana


La oportunidad iberoamericana en un mundo fragmentado

Valeria Moy

Directora General del Instituto Mexicano para la Competitividad

Ante la reconfiguración de la política comercial global, Iberoamérica puede aprovechar una ventana estratégica para la inversión y el crecimiento, en la cual la región podría encontrar una oportunidad para fortalecer su integración en las cadenas globales de valor, atraer nuevas inversiones y consolidar su papel como socio estratégico en una economía cada vez más fragmentada.

Hasta principios de esta década, el enfoque de la economía mundial fue impulsar una mayor integración entre las distintas regiones del mundo. Los acuerdos comerciales, a pesar de los guiños proteccionistas siempre presentes, tenían el espíritu de promover el libre comercio entre los socios. Se enfocaban en reducir barreras comerciales, fortalecer el crecimiento de las cadenas de valor y promover la expansión de mercados internacionales que facilitaran el intercambio de bienes, servicios e inversiones.

A partir de la pandemia de COVID-19, la invasión rusa a Ucrania, la segunda administración de Donald Trump y las tensiones entre ese Estados Unidos y China, el mundo ha entrado en una etapa de fragmentación geopolítica en la que la globalización ha dejado de marcar la ruta y ha dado paso a la regionalización.

Los cambios en las cadenas de suministro son una respuesta directa a esa inestabilidad. Este fenómeno coincide con el diagnóstico de Mark Carney en el Foro Económico Mundial, donde argumentó que «el viejo orden no va a regresar» y que los bloques aliados están obligados a diversificar sus mercados para reconstruir su soberanía y resistir presiones externas. La historia suele moverse en péndulo y, a pesar de esas presiones, el acuerdo modernizado que México firmó recientemente con la Unión Europea muestra que cierto retorno al multilateralismo es posible.

La reacción ante los cambios geopolíticos obliga a transformar las prioridades de inversión global. La proximidad geográfica a los centros de demanda, la diversificación estratégica de riesgos, el control de costos y la resiliencia operativa operan hoy como los nuevos ejes rectores del comercio regional frente a la fragmentación de los mercados globales.

Los cambios en la economía mundial responden, en buena medida, a la creciente competencia entre las principales potencias. En lo que va del siglo, la economía de China pasó de representar el 6,7% al 19,9% del PIB global. Es una de las mayores potencias económicas del mundo y el principal exportador de bienes, con una cuota del 12% del total del mercado de exportación global. Por su parte, Estados Unidos sigue siendo un actor clave del mercado internacional, al representar el 9,5% de las exportaciones de bienes y servicios. Aunque la interdependencia de estas dos economías ha sido uno de los motores más importantes de la globalización, sus recientes disputas geopolíticas están fragmentando esa relación histórica y redistribuyendo las oportunidades.

Iberoamérica se encuentra frente a una de esas oportunidades. No solo para integrarse a esta nueva dinámica comercial, sino para posicionarse como socio estratégico para empresas y economías que buscan diversificar cadenas de suministro y reducir costos.

El principal catalizador para la región es su nexo con Estados Unidos, el mayor comprador del mundo con el 12,4% de las importaciones globales. Ante la búsqueda de nuevos socios y proveedores, América Latina tiene el espacio ideal para expandir su actual participación del 3,1% en las exportaciones mundiales y consolidarse como destino de inversión.

Pero no es la única ventaja. En primer lugar, la región cuenta con una ubicación geográfica privilegiada, especialmente hacia Norteamérica y Europa, lo que reduce tiempos de entrega y costos logísticos. Iberoamérica también dispone de una amplia red de acuerdos comerciales que facilitan el acceso a múltiples mercados. Alianzas y tratados como el T-MEC, la Alianza del Pacífico, Mercosur y el acuerdo comercial entre la Unión Europea y diversos países latinoamericanos ofrecen menores barreras al comercio.

La región también posee una importante dotación de recursos estratégicos para la transición energética. De hecho, los países del denominado «Triángulo del Litio», Argentina, Bolivia y Chile, concentran más del 40% de los recursos mundiales de este mineral; mientras que Latinoamérica tiene una importante participación en la producción mundial de cobre, liderando Chile, con la mayor aportación mundial -24%-, así como Perú y México con 12% y 3,4%, respectivamente. En un mundo que está electrificando su economía, ese inventario tiene un valor que va más allá del precio spot.

La región cuenta aún con un bono demográfico. La fuerza laboral es relativamente joven. Por un lado, la población económicamente activa (PEA) de América Latina y el Caribe representa alrededor del 63%, dato superior al de países de Asia central u occidental, cuya PEA representa el 56,6%. Esto convierte a Iberoamérica en un destino atractivo y oportuno para procesos de relocalización productiva debido a su población joven en edad de trabajar.

Sin embargo, ninguna oportunidad está garantizada. Las proyecciones para 2026 anticipan un crecimiento moderado: apenas 2,3% para Latinoamérica, 2,1% para España y 1,9% para Portugal. Por otro lado, el Índice de Competitividad Mundial (2025) confirma que la región no está preparada de manera uniforme para capitalizar este escenario. Mientras que potencias como Estados Unidos y China lideran en las posiciones 13 y 16, la brecha es evidente en Iberoamérica: Portugal ocupa el lugar 37, España el 39, México el 55 y Brasil el 58. Estas asimetrías demuestran que variables como la competitividad, la infraestructura, el capital humano, el fortalecimiento institucional y la seguridad son indispensables para transformar la oportunidad comercial en crecimiento sostenido.

La reconfiguración comercial no genera por sí sola las condiciones necesarias para impulsar el desarrollo económico regional, sin embargo, sí actúa como un catalizador clave para atraer inversión extranjera directa, modernizar la infraestructura logística y acelerar la transferencia tecnológica. Por lo tanto, el siguiente paso sería traducir ese entorno en una estrategia regional de largo plazo, enfocada en fortalecer la competitividad, las instituciones y la preparación del capital humano para que Iberoamérica pueda consolidarse como un socio estratégico dentro de las nuevas cadenas globales de valor y transformar esa oportunidad en realidad.

Valeria Moy: Economista mexicana Directora General del Instituto Mexicano para la Competitividad. La autora agradece el apoyo de Teresa Plancarte, Karla Ruiz y Sara Meneses en la elaboración de este artículo.

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