pensamiento iberoamericano

Revista de la Secretaría General Iberoamericana


¿Es la participación la respuesta? Una hipótesis sin confirmar

Cristina Monge

Analista política, investigadora en gobernanza para la transición ecológica

Malestares y descontentos recorren nuestras democracias desde hace décadas. Los primeros signos se percibieron ya a finales del siglo XX cuando la globalización iba poniendo de manifiesto las dificultades para encajar con la democracia y la soberanía, como señaló pocos años después Dani Rodrik en su famoso trilema. El sistema soviético había caído, el capitalismo parecía incuestionable e ingobernable y la democracia liberal la seña de identidad de Occidente que ponía fin a la Historia, en palabras de Fukuyama -de las que luego él mismo se arrepentiría-. Reagan y Thatcher lo sentenciaron en un acrónimo que hoy parece instalado en el sistema operativo de nuestras sociedades: TINA. There is no alternative, no hay alternativa. Con todo, aparecieron los primeros movimientos de impugnación, como el “Argentinazo”, en reacción al corralito impuesto por el gobierno de De la Rúa.

Los descontentos fueron en aumento, con oscilaciones en función de cada país, hasta que pocos años después la crisis financiera de 2008 y la forma de gestionarla -”austericidio” se llamó en Europa- insuflaron nuevos bríos al descontento. Los indignados en España, La Nuit Debout en Francia, Ocuppy Wall Street en EEUU, #YoSoy132 en México, los acampados en Chile… En todos subyacía un grito: “no nos representan”. La desafección, en sus dos acepciones -como indignación y como desinterés- iba en aumento.

Ha pasado ya el primer cuarto del siglo XXI y el descontento, el malestar y esa desafección no sólo no ha disminuido, sino que ha ido en aumento en Europa y el continente americano. Si en las propuestas de los años que siguieron a la crisis de 2008 los movimientos ciudadanos buscaban mejorar la democracia reclamando mejor representación y una relación más real entre la sociedad y el conjunto del sistema -no sólo la política-, hoy esos descontentos son recogidos en buena medida por quienes cuestionan los valores de convivencia democrática.

Durante todo este tiempo tanto desde el punto de vista analítico, como académico y activista, se ha tratado de identificar lo mejor posible las causas del descontento, y desde muy pronto se estableció una hipótesis: Si la distancia entre representantes y representados se estaba abriendo, si la desconfianza de la ciudadanía en las instituciones y los agentes de intermediación iba en aumento, el antídoto había que buscarlo en fórmulas de participación ciudadana que involucraran a la ciudadanía en los procesos de toma de decisiones en las instituciones. Décadas después, podemos decir que la hipótesis no ha sido confirmada.

Desde entonces, cientos -quizá miles- de procesos de participación ciudadana se han iniciado tanto en el ámbito local como regional o nacional. Con diferencias en cada país, con mejores o peores resultados según distintas variables, pero esto no ha redundado en una mejora de la confianza en las instituciones ni en los actores de intermediación. Eurobarómetros, Latinobarómetros, indicadores sobre democracia…todos señalan que la desconfianza de la ciudadanía cotiza al alza, incluso dudando ya de sí misma a la hora de ser capaz de abordar los retos del momento.

¿Quiere esto decir que hay que asumir que el descontento seguirá creciendo y que lo gestionarán quienes cuestionan las democracias? En absoluto. Conviene recordar algunas cosas. Para empezar, que la Historia no acabó cuando Fukuyama publicó su libro ni va a terminar ahora; que, contra lo que proclamaba el TINA, siempre hay alternativa; que vivimos en tiempos de múltiples retos de enormes dimensiones y fuerte carácter disruptivo -la crisis climática que todo lo cambia como titula Naomi Klein una de sus obras, la inteligencia artificial que nos lleva a hacer preguntas sobre qué es lo humano y hasta dónde quiere llegar, la desinformación que envenena la conversación pública… – ; y que necesitamos recuperar la idea de futuro.

Un tiempo futuro que hoy sólo conjuran las ultraderechas y los tecnoligarcas en forma de apocalipsis y que puede acabar siendo una profecía autocumplida si seguimos entendiendo los retos como si de maldiciones divinas se tratara, desde la impotencia que conduce a la parálisis. Conviene no olvidar que los humanos, las sociedades y en especial, las sociedades democráticas, necesitamos esperanza. Lo contrario al colapsismo.

En la construcción de un futuro compartido puede que esté el camino de recuperación de la confianza. En las instituciones, en los actores de intermediación y en la sociedad en sí misma. Confianza en que podemos gestionar los retos que tenemos por delante en clave de oportunidad.

Valgan unos ejemplos. Es sabido que la crisis climática incrementa las desigualdades, y algunos de los modelos de transición ecológica también. Sin embargo, si insertamos la justicia social en el centro de estas políticas, pueden convertirse en un elemento de lucha contra la desigualdad. Si a la apuesta por las energías renovables unimos la generación distribuida y figuras como las comunidades energéticas, estaremos cambiando el modelo energético hacia una mayor sostenibilidad, justicia social y equidad. Si en el conjunto de Iberoamérica se establecen alianzas para promover acuerdos de protección de la biodiversidad, o de compensación de emisiones ligadas a desarrollo justo, se estará ayudando a crear un mundo más equitativo y menos desigual.

O miremos a la inteligencia artificial. Acostumbramos a leer reflexiones o asistir a conferencias sobre IA y desinformación, IA y desregulación, IA y tecnopoder… Sin embargo, escasean las convocatorias cuyo título genere esperanza. Quizá IA y derechos digitales, o IA y renta básica, o IA para la sostenibilidad y algoritmos verdes, o IA y un modelo justo de relación con los países que tienen las materias primas para su desarrollo…Son sólo dos ejemplos que muestran cómo el primer requisito para construir ese futuro es saber en qué consiste.

¿Cómo hacerlo? No creo que existan respuestas cerradas a modo de recetas, pero los caminos a seguir deberán tener, al menos, tres elementos: En primer lugar, una apuesta por la innovación y la imaginación política, pensando y haciendo de forma distinta a lo que acostumbramos. Por otro lado, espacios multiactor articulados por los responsables públicos, que son quienes ostentan la legitimidad democrática. En ellos deben darse cita el mundo privado, -imprescindible a la hora de suministrar lo necesario para los procesos de cambio-, junto con la sociedad civil como lugar donde se generan los consensos, sin olvidar a quienes generan conocimiento y el ámbito de la comunicación y la cultura. Finalmente, la implicación activa de todos los conocimientos disponibles trabajando de forma transdisciplinar para, juntos, identificar los problemas y buscar claves para ir construyendo las salidas.

Vivimos rodeados de enormes desafíos que, paradójicamente, cuando más sabemos de ellos más incertidumbre nos generan. Además, miramos alrededor y no sabemos quién puede gestionarlos. Los discursos que apuntan al futuro son todos apocalípticos y crean desconfianza, desafección y desesperanza. Pero hay buenas noticias: la primera, que la Historia no ha acabado. La segunda, que tenemos más conocimiento que nunca. Y la tercera, que el futuro no se adivina, se construye. ¿Vamos a ello?

Cristina Monge: Politóloga española y profesora de ciencia política en la Universidad Complutense de Madrid. Premio Paidós de ensayo 2026 por Contra el descontento. Por una alianza para construir futuros deseables.

* Las opiniones expresadas en los artículos y videos de la revista Pensamiento Iberoamericano son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de la Secretaría General Iberoamericana.

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