pensamiento iberoamericano

Revista de la Secretaría General Iberoamericana


El futuro de la mujer iberoamericana se está sembrando desde el territorio

Paty Gualinga

Directora de Relaciones Internacionales de Kichwa First People de Sarayaku

Hablar del futuro de la mujer iberoamericana no es hablar de algo que viene mañana, como si estuviéramos esperando permiso para existir. Ese futuro ya está caminando. Camina con las mujeres que cuidan la chacra, con las que enseñan la lengua a sus hijos, con las que estudian en la ciudad sin olvidar su comunidad, con las que defienden un río, con las que sostienen una iglesia de barrio, con las que denuncian la violencia, con las que se paran frente al poder y dicen: hasta aquí.

Pero hay que decirlo claro: ese futuro no va a llegar solo. Hay demasiadas estructuras viejas tratando de frenarlo. El racismo, el machismo, el clasismo y el colonialismo no son palabras de discurso; son cosas que se sienten en el cuerpo. Se sienten cuando a una mujer indígena no la escuchan porque lleva su vestimenta. Se sienten cuando una mujer afrodescendiente tiene que demostrar el doble para que le reconozcan la mitad. Se sienten cuando una campesina habla de la tierra y le dicen que eso no es política. Se sienten cuando las decisiones se toman lejos del territorio, en oficinas frías, entre personas que nunca han metido los pies en el lodo ni han sentido miedo porque una empresa, un Estado o un grupo armado amenaza la vida de su comunidad.

El futuro de la mujer iberoamericana dependerá de una pregunta sencilla: ¿vamos a seguir pidiendo espacios o vamos a ocuparlos con dignidad? Yo creo que ya no estamos para pedir permiso. Estamos para participar, decidir y transformar.

En Iberoamérica, las mujeres hemos sostenido la vida por siglos. Hemos cuidado enfermos, criado hijos, defendido la comida, guardado la memoria, resistido guerras, migraciones, pobreza y abandono estatal. Pero sostener la vida no puede seguir significando cargar solas con todo. El cuidado debe dejar de ser una obligación silenciosa de las mujeres y convertirse en una responsabilidad social, política y económica. Un país que no cuida a quienes cuidan está construido sobre una injusticia.

La mujer iberoamericana del futuro no será una sola imagen. No será únicamente la profesional urbana, ni la lideresa comunitaria, ni la madre, ni la religiosa, ni la joven feminista, ni la defensora ambiental. Será todo eso y mucho más. El problema es que durante mucho tiempo nos quisieron dividir: indígenas contra mestizas, urbanas contra rurales, creyentes contra feministas, jóvenes contra mayores. Esa división le conviene al poder. Porque cuando las mujeres nos reconocemos distintas pero aliadas, movemos estructuras completas.

Uno de los grandes desafíos será cambiar la forma de entender el liderazgo. Nos enseñaron que liderar es mandar, competir, subir, hablar más fuerte. Pero muchas mujeres venimos de otra escuela: liderar también es escuchar, acompañar, cuidar, sostener procesos largos, pensar en los que vendrán después. Eso no es debilidad. Es otra forma de poder. Un poder que no arrasa, sino que siembra.

También hay que hablar de la Casa Común. Para muchas mujeres indígenas, defender la naturaleza no es una moda ambientalista. Es defender la vida misma. Cuando se contamina un río, no se afecta solo el agua; se afecta la salud, la alimentación, la cultura, la espiritualidad, la infancia, la memoria. Cuando se destruye la selva, también se destruye una manera de entender el mundo. Y ahí las mujeres hemos estado al frente, muchas veces pagando costos altísimos: amenazas, burlas, judicialización, persecución, soledad.

Por eso el futuro de la mujer iberoamericana será ecológico o no será. No podemos hablar de igualdad mientras nuestros territorios son tratados como zonas de sacrificio. No podemos hablar de desarrollo si ese desarrollo enferma a las comunidades, expulsa a los pueblos y mata los ríos. Las mujeres están mostrando que la economía debe estar al servicio de la vida, no la vida al servicio de la economía.

Otro campo urgente es la participación en las instituciones, incluidas las religiosas, políticas, académicas y comunitarias. Muchas estructuras dicen valorar a las mujeres, pero todavía les cuesta sentarlas donde se decide. Nos quieren en la base, organizando, sirviendo, acompañando; pero cuando llega la hora de firmar, votar, dirigir o definir el rumbo, aparecen las resistencias. Eso tiene que cambiar. No basta con invitarnos a hablar: hay que compartir el poder.

Y compartir el poder no significa poner una mujer para la foto. Significa aceptar que las mujeres traemos preguntas incómodas, propuestas nuevas y formas distintas de hacer las cosas. Significa entender que la igualdad no es decoración institucional, sino transformación real.

A las jóvenes iberoamericanas les diría algo muy simple: no tengan miedo de su voz. A veces nos educan para agradar, para no incomodar, para esperar el momento adecuado. Pero el momento adecuado casi nunca llega si una no lo empuja. Hablen en su lengua, en su acento, desde su historia. No permitan que nadie les diga que para ser escuchadas deben parecerse a quienes siempre mandaron.

El futuro de la mujer iberoamericana será más fuerte si une memoria y rebeldía. Memoria para no olvidar a las abuelas que resistieron sin micrófonos ni reconocimientos. Rebeldía para no aceptar que nuestras hijas hereden las mismas violencias con otros nombres.

Venimos de pueblos heridos, sí, pero también de pueblos sabios. Sabemos sembrar después del incendio. Sabemos cantar en medio del duelo. Sabemos organizarnos cuando todo parece perdido. Por eso no miro el futuro con ingenuidad, pero tampoco con derrota. El futuro de la mujer iberoamericana ya empezó. Está en las comunidades, en las calles, en las universidades, en las iglesias, en las cortes, en los territorios y en las casas. Falta mucho, claro. Pero algo ya cambió: ya no estamos caminando atrás. Estamos caminando al frente, y esta vez no vamos solas.

Paty Gualinga: Activista defensora de los derechos humanos y de los derechos de los indígenas integrantes de la etnia kichwa de Sarayaku, un territorio en la Región Amazónica del Ecuador.

* Las opiniones expresadas en los artículos y videos de la revista Pensamiento Iberoamericano son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de la Secretaría General Iberoamericana.

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