De acuerdo a las leyes gramaticales, usar gerundios no es correcto si no sabes utilizarlos adecuadamente, ya que, al emplearlos de forma incorrecta se rompe la linealidad temporal del discurso o de la frase. Es decir, el uso del gerundio crea ambigüedades. ¿Ese verbo que está en gerundio ocurrió, es resultado directo de la acción que le precede, está sucediendo ahora mismo como un acto independiente?
El gerundio es una forma impersonal de un verbo que indica que la acción se está realizando en este momento, que se lleva a cabo mientras se enuncia, por ende, según la Real Academia de la Lengua, suele ser innecesario porque cuando se escribe hay que tender al uso de la precisión. Todo tiempo verbal busca exactitud.
Pienso mucho en el gerundio cuando me hablan de literatura. Literatura como una producción cultural y social determinada por un tiempo específico de la historia de la humanidad que da cuenta de un idioma, un espacio geopolítico y del uso de diversos géneros artísticos que representan, eventualmente, valores estéticos que se transmiten mediante el uso de palabras. No hay futuro cuando se escribe literatura, sino un presente destinado a leerse así, como el presente de un momento histórico determinado. Escribimos en presente, aunque tengamos la conciencia de que el uso del tiempo es efímero, pero por lo tanto, maleable.
Para mí la literatura es eso: la idea de que gracias al uso de las palabras, de los verbos, de sus conjugaciones, de la necesidad de dar límites al caos de la imaginación para que se estructure la capacidad de contar una historia es un devenir en presente. Devenimos en gerundio. Quienes escribimos siempre estamos escribiendo, imaginando, pensando, problematizando y capturando lo que creemos que debemos de captar y sostener frente a la caducidad de nuestro propio tiempo. Somos finitos, por eso escribimos y contamos historias. Nos estamos contando y recordando que eso que nos emociona, nos conflictúa, nos encara, nos atemoriza o nos hace amar, sucede ya, ahora. La literatura es gerundio. Es incorrecta, impostada, repele de las normas. O mejor dicho, las conoce y las utiliza en favor de quebrantarlas, de ser siempre otra cosa que hable de la realidad, pero que no sea la realidad, sino ese otro suceso que conmueve y entusiasma. Por eso decimos: estoy leyendo/escribiendo. Con la conciencia de que leemos algo escrito en el pasado, pero que sucede mientras leemos/escribimos. Gerundios. Por ello, sostengo que no hay futuro de la literatura. Y no hablo de la retórica del aniquilamiento de la intelectualización del mundo, ni de las terribles reglas del mercado que impiden que entre países que comparten el mismo idioma las fronteras económicas no den pie a la circulación de libros, por el contrario, se empeñan en cerrar posibilidades. Hablo de que quienes hacemos, debatimos y compartimos los espacios simbólicos culturales que nos dan autoridad para hablar de literatura y su futuro sabemos que no hay espacio para el futuro. No hay futuro. Estamos en tránsito. Transitamos. Somos el limbo en el que las palabras se suspenden en tiempos y verbos determinados para expresar ideas, miedos o pulsiones. Nos expresamos. No hay futuro. Somos.
¿Cómo hacer entonces para imaginar que la literatura persistirá en el futuro de la humanidad? La sostendría bajo dos supuestos importantísimos: el pleno ejercicio de la libertad de expresión que se fundamenta en el artículo XIX de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la defendería mediante la vinculación del derecho a la cultura que tiene su marco internacional en el artículo XXVII de la misma Declaración, ya que con ello, pasamos de la antonomasia retórica y abstracta, a la búsqueda de la aplicación de las obligaciones de los Estados para garantizar que la literatura persista a pesar de nosotros. Que la literatura siga siendo gerundio, sí, pero que avance y deje de ser un derecho pasivo a uno participativo en el que no haya posibilidad de pensar que la literatura es una aspiración, cuando en verdad es el sino de nuestra civilización. ¿Qué sería de la humanidad sin la literatura? ¿Qué sería de esas ansias de contarnos de dónde venimos y por qué estamos aquí? ¿Qué sería de las sociedades sin las palabras que nos configuran y nos dan nuestra lengua materna? ¿Qué sería de la infancia y de los adultos que necesitan encontrar espejos que les ayuden a expresar sus emociones o las vilezas que les atraviesan dentro de su condición humana?
No hay futuro de la literatura, somos literatura y estamos obligadas a escribirnos en gerundio, a romper las reglas sin censura, a jugar con las palabras, a compartir información y conceptos artísticos y de justicia sin ningún tipo de interferencia del poder que nos quiere obligar a creer que sólo en el futuro irá mejor, que hay que reivindicar la creación como un sueño que aspira a una sociedad intangible, difusa, inexistente. Somos ahora y vivimos ahora. Como la literatura, que mientras se lee y se escribe está viva a través y por el tiempo. Estamos escribiendo.





