Hace unos meses, caminando por la Gran Vía madrileña, me crucé con un guiri que llevaba gorra roja con un lema bordado en hilo blanco: «Make Videos Horizontal Again». Reí y hasta le levanté el pulgar en un gesto de aprobación. Vi ese juego de palabras con la frase más célebre de la campaña presidencial de Donald Trump como algo más que una parodia; podría ser el grito de socorro de quienes vivimos por y para el cine. Es la resistencia de los que vemos cómo la narrativa audiovisual se ha condensado tanto como la pantalla del móvil donde ahora se consume.
Cuando dirigí mi primer largometraje, rodar en película de 35 milímetros era un sueño para cualquier veinteañero que se había iniciado en estas lides grabando con pequeñas cámaras domésticas de video, muchas veces prestadas por algún conocido. La pantalla grande, en una sala de cine, era la meta; más allá solo estaba el cielo. Y sí, el cielo estaba, pero no como algo inalcanzable, sino como el sitio al que iría a parar una manera de producir cine que tenía sus días contados.
Poco después estalló la revolución digital. El cine cambió de piel. Los maquillajes que eran efectivos en el celuloide daban pena bajo los sensores de Sony; la iluminación se volvió un rompecabezas para los directores de fotografía, y esa «ultra definición grosera» desnudó las costuras de escenografías y vestuarios. Tuvimos que reinventarnos: desde los maestros consagrados hasta los que apenas gateábamos como criaturas en nuestra nueva guardería. Yo, por ejemplo, rodé mi segunda película con la misma cámara que George Lucas usó para su segunda trilogía de Star Wars. Ahí, en el set, palpé el cambio: lo que filmaba ya no se «imprimía»; comenzaba a comprimirse.
Desde entonces, el guion es el mismo: enfrentar la profecía constante de nuestra extinción mientras toreamos nuevas formas de crear y exhibir. Hoy el «toro» es la Inteligencia Artificial; mañana será otra cosa que solo ella —o Dios— sabe.
El panorama ha cambiado y seguirá cambiando; es un hecho y, más que enfrentarlo, hay que optar por la continua adaptación a los entornos por venir. Porque en toda esta revolución solo una cosa no ha cambiado: la necesidad humana de que nos cuenten historias; es eso lo que ha hecho que ni el cine, ni el teatro, ni la literatura mueran. Puede venir Netflix a revolucionar la distribución y la exhibición, marcar un patrón estético y narrativo; o los teléfonos, a obligarnos a pensar en ellos cuando decidamos cómo rodar una secuencia; o la IA, invitándonos a esforzarnos menos, pero el acto de narrar siempre sobrevivirá.
Quiero detenerme en la IA porque es el elefante en la habitación. Hoy se la demoniza como se demoniza todo lo que amenaza el statu quo. Muchos de los que escribían sus historias pluma en mano reaccionaron a las máquinas con teclas, y luego estos reaccionaron a las computadoras y sus procesadores de texto; y aunque hoy nos provoque risa pensar en ello, aquel miedo tenía sentido. Yo, por ejemplo, convivo con una leve dislexia; probablemente jamás habría terminado un borrador si dependiera de una máquina de escribir y un bote de Tipp-Ex. Mi proceso creativo hoy es un baile de correcciones constantes que solo la tecnología permite que no sea agotador y se haga eterno.
Algo similar ocurrió cuando se crearon los sistemas digitales de montaje cinematográfico, con Avid a la cabeza. Los editores de moviola veían cómo “cualquiera” se convertía en editor de cine y pegaban el grito en el cielo. Y sí, muchos aprendimos a montar con un teclado y no rebobinando a mano pesadas bobinas ni pegando con scotch cada corte. Pero editar, como escribir, es unir planos y palabras para construir ideas, mensajes, emociones. El valor reside en el resultado, no en el proceso o las herramientas.
Para la industria iberoamericana, históricamente experta en hacer milagros con escasos presupuestos, la IA supone un gran complemento. Es la oportunidad de que nuestro talento compita (incluso en espectacularidad) sin vender su identidad al mejor postor. Podremos reventar un meteorito contra la Pirámide del Sol sin que se nos vayan millones en ello, o generarle una tormenta a las tres carabelas en el Atlántico con unas pocas instrucciones.
Obviamente, a la IA hay que someterla a un rigor legal, sobre todo en términos de derechos, y entender que su valía, aún en pañales, alcanzará todo excepto una cosa: tener alma. Porque, aunque un algoritmo sea capaz de renderizar la luz perfecta sobre una pirámide ficticia, jamás podrá capturar el peso de nuestra memoria o nuestros latidos. Usemos la herramienta para no privarnos de quimeras, pero mantengamos intacto lo que siempre nos ha impulsado a crear. ¿O no está nuestro goce justamente en ese proceso? ¿A quién se le ocurre pedirle un relato a un chat virtual y renunciar al goce de crearlo? La respuesta la sabemos: a quien siempre tuvo un libro a mano y jamás lo abrió. La IA nos está dando posibilidades creativas hasta ahora inéditas, pero el duende, el riesgo y la verdad de la mirada seguirán siendo, por fortuna, propiedad exclusiva de la raza humana, por más que se degenere.
Después de haber explorado varias herramientas que operan con inteligencia artificial, he llegado a una conclusión: sentarme frente a una interfaz para redactar un prompt no difiere tanto de mi trabajo diario, de mis pedidos a un actor o de las indicaciones técnicas a un director de fotografía. En todos los casos, el acto creativo es el mismo: dar instrucciones para materializar una visión. La gran diferencia —y el verdadero reto— es que la IA nos obliga a ser quirúrgicamente precisos, al no haber del otro lado una sensibilidad humana que interprete mis silencios o rellene mis dudas con su propia intuición. La claridad de mis ideas y la manera de expresarlas han de estar más afinadas que nunca.
Quizás el futuro del cine no dependa de la herramienta que usemos, sino únicamente de la precisión con la que sepamos imaginarla y dictarla. Tampoco temo que la gente en su casa genere su propia película, a fin de cuentas, todos nos contamos historias a diario, solo que cada quien tiene su propio talento para hacerlo. La tecnología seguirá mutando, pero la responsabilidad —y el privilegio— de dotar de sentido a esas imágenes seguirá siendo, inevitablemente, nuestra.





